Antes de saber si tendríamos un niño o una niña, dejamos claras varias cosas respecto al nombre: que sería 100% bilingüe en castellano y valenciano, que no sería el nombre de sus padres y/o abuelos y abuelas y que evitaríamos los nombres de diminutivo fácil. Supimos que era un niño en la semana 11 y nos pareció demasiado pronto para darle una personalidad, así que decidimos esperar a la semana 20. En la semana 20 llegaron los problemas con el cuello y decidimos aparcarlo hasta la 28.

Intentamos hacer listas de nombres y ver en cuáles nos poníamos de acuerdo, pero el problema era que los dos teníamos claro cómo se iba a llamar desde el principio, a pesar de nuestras propias normas. Para mí, un bebé que había superado todo lo superable entre el tratamiento y el embarazo (no sabíamos aún la que le iba a esperar al nacer) tenía que llamarse Víctor (siempre he sido muy friki del latín, un nombre latino era un plus para mí)… Aunque ese fuera el nombre de su padre. Así que miniV es mini Víctor y no porque su padre se llame así, sino porque no hubiera quedado bien ir a la señora del registro y decirle: “Queremos llamarle ‘Puto Campeón'”. Víctor era mucho más sutil y políticamente correcto.

Ahora duerme en la hamaca mientras yo hago como que pongo en orden cosas del trabajo  y su padre se da una ducha. Nos dicen que nos va a cambiar la vida y no tienen ni idea de hasta qué punto nos la ha cambiado ya. Hace justo un año estábamos en Tokio. Esperábamos que fuera nuestro último viaje en una buena temporada porque, al volver, íbamos a empezar con la FIV. Entramos totalmente por casualidad en un templo en Ueno al que iban las mujeres que querían tener hijos y yo, que no soy mucho de esas cosas, lo vi como desde fuera. Unos días después volvimos casi a la desesperada para comprar un amuleto, como si fuera a hacer algo. El amuleto me ha acompañado todos estos meses en cada visita y en cada ingreso.

También compramos un muñeco de Daruma y le pintamos un ojo pensando en tener un hijo. Daruma no es para tener suerte, es para ser constante. Sabíamos que no sería fácil, pero que tendríamos que perseverar. El tratamiento fue una prueba psicológica terrible: teníamos todos los ingredientes para fracasar y era complicado no desanimarse en cada paso, pero no lo hicimos. Daruma nos miraba desde el mueble del salón y nos decía que perseverásemos. Cuando manchaba, me decía que tuviera paciencia. Cuando llegaron los problemas del cuello, nos decía que tuviéramos paciencia y la semana pasada nos decía que tuviéramos paciencia. Ahora que está Víctor en casa tenemos que pintarle el otro ojo y pasarlo a la habitación del niño. Tan pequeñito y ya tiene su pequeño altar con un Daruma, un gato de la suerte y su foto de blastocisto. No sé cómo vivirán esto el resto de infértiles, pero nosotros no queremos olvidar en ningún momento cómo ha sido todo y cuánto ha tenido que pelear Víctor por estar con nosotros. Y nosotros por tenerle aquí, claro.

Mañana hará una semana que está con nosotros en casa y es complicado hablar de todo lo que hemos aprendido ya. Fundamentalmente hemos aprendido que no tenemos ni puta idea de nada, pero que tampoco hace falta tenerla porque, de algún modo, las cosas fluyen. Tenemos un montón de dudas y un montón de momentos de desesperación (el tío se ha tirado unas 24h que solo quería mamar, una cosa muy exagerada), nos regalan consejos que no hemos pedido y nos juzgan constantemente por tomar nuestras propias decisiones, pero ante eso somos fuertes. No soporto verle en la sillita del coche y le ponemos a Jack Johnson a todas horas. He descubierto lo que debe sentir un repartidor de Just Eat cuando llega a casa con la comida caliente: para mi hijo soy alimento y a veces se acerca a mí de forma brutalmente primitiva. Sabemos que cuando sonríe es porque acaba de dejar un regalito en el pañal y que cuando estira las piernas es porque hace fuerza. Eso, si puede estirarlas, porque es un niño largo y delgado, como su padre. Casi todos los pantalones, polainas y pijamas de talla cero no le permiten doblar las rodillas, pero con la ropa de talla de 1 mes, le baila todo en la cintura y va perdiendo las cosas por ahí. Le flipa dormirse en mi pecho y nos manipula a sus 12 días para que le metamos en la cama con nosotros (solo lo hacemos cuando ya vamos a levantarnos). Cada día va teniendo más mofletes porque come mucho y con desesperación. A veces nos deja dormir un buen rato seguido y a veces quiere que le hagamos caso pasado una hora. Le mola ir en el carrito, estar en su hamaca y que le acaricien la nuca, pero odia el agua del baño y que haga frío cuando le cambiemos el pañal.

Si esto es lo que ha dado de sí una semanita con él en casa y casi otra con él en el hospital, es difícil imaginar lo que nos espera el resto de nuestras vidas.

(La foto es de hace unos días, ahora lo veo completamente distinto…)

En el caso de haber tenido un parto sin sobresaltos, me hubiera encantado que sonara esta canción al conocer a mi hijo.

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