Si tienes la suerte de ser una persona ‘normal’, entendiendo por ‘normal’ que tienes una mente estructurada y lineal, este post te parecerá una gilipollez. Si, por el contrario, vives en un caos constante y necesitas dejarte notas y ponerte alarmas para todo, quizá me entiendas.

Hablaba el otro día de las penas de la lactancia y una de las cosas que me lleva de cráneo es la logística. ¿Y qué logística hace falta para dar de mamar a un bebé? Pues en mi caso, bastante. Empecé dando pecho en el sofá del salón porque era el lugar más cómodo y porque nuestra casa es muy pequeña y no había más sitios. Varios problemas: 1) Si el niño se pone a vomitar en plan loco me deja el sofá perdido y 2) el sofá es cómodo para ver la tele, no para dar teta. De ahí los dos primeros condicionantes de la logística: poner una sábana cada vez que daba de mamar y tener siempre dos almohadas a mano: una para enderezar mi espalda y otra para no cargarme el brazo.

Además de las dos almohadas y la sábana bajera, mi kit de lactancia se completa con un paquete de kleenex tamaño industrial, una muselina por si intento quitarle gases, una botella de agua (me entra MUCHA sed cuando amamanto) y el móvil (soy una friki que mide los tiempos que da de mamar).

Todo eso lo tenía alrededor del sofá durante el día y en la cama durante la noche y ahí viene el siguiente problema: la cama. Con lo agotada que estoy por las noches, dar el pecho en la cama es un poco desastroso aunque suene contradictorio: no encuentro las cosas (¿Dónde coño me he dejado el kleenex ahora que el niño se ha puesto perdido de leche?), me acojono cuando empieza a tirar leche (Como le dé por vomitar y me toque cambiar las sábanas, jodo vivo a su padre que se tiene que levantar a las 6 de la mañana para irse a currar y me da algo) y, sobre todo, me quedo sopa yo antes que el niño, así que nada de pasarlo a su zona de la cama (tenemos cuna de colecho): el niño dormía por sistema en mi pecho y yo, incomodísima con dolor de cuello, durmiendo boca arriba toda estresada por si se cae o algo… Un poco catástrofe todo. Mi cama era como un mar de almohadas para tener la espalda cómoda, pero al quedarme sobada con el niño, estaba incomodísima para dormir. No se puede tener todo.

Así que decidí no dar el pecho ni en la cama ni en el sofá y a día de hoy la experiencia es muy buena. Hemos comprado una butaca de Ikea (la Pello, que cuesta poco más de 30 euretes) y la hemos puesto en el cuarto del niño. Allí se quedan fijos la sábana bajera, el cojín para mi codo, la botella de agua o el paquete industrial de kleenex y la vida es mucho más sencilla aunque algunas veces se me hace duro salir de la cama durante la madrugada. Y con lo torpe que soy, tengo que asegurarme de que el pasillo está libre de obstáculos para no acabar vampirito y yo en el suelo. Como comprenderéis, en la foto he ocultado todo el atrezzo para que el rollo parezca más cuqui y menos salita de estar de mi abuela.

Cuando daba de mamar en el sofá siempre tenía en marcha la tele o estaba mirando el móvil y tengo la sensación de que el niño mama mucho mejor si estoy centrada en él que si hay otros estímulos. También creo que el rollo de Cataluña le pone de muy mala hostia y regurgita más desde su equdistancia lactante, así que tele y móvil fuera. Eso sí, los días que se coge bien (sus ansias superlativas y la cantidad de gas que traga en cada toma dan para una tesis doctoral) me dejo el Kindle al lado y aprovecho para leer un ratito.

En resumen…

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