Querido hijo…

Antes que nada, perdona. Me voy a pasar media vida pidiéndote perdón hasta por los crímenes del nazismo porque yo soy así, no te lo tomes como algo personal. Pero ahora, que apenas nos conocemos, me siento obligada a justificarme y a pedirte perdón por no ajustarme a las expectativas que probablemente hubieras tenido en el caso de entrar en internet o sentarte a hablar con gente. No, yo no soy ese tipo de madre dulce y apasionada de la que muy probablemente te habrían hablado. Yo soy asquerosamente racional y pragmática y eso, quizá, no sea lo que necesitas. O lo que los demás piensan que necesitas.

Perdona si no te hablo con voz aguda, ni te llamo ‘mi chiquirritín’, ‘mi príncipe’ o cosas parecidas. A mí es que esas cosas no me salen, pero no por eso te quiero menos. Es posible que pienses que te hablo como a un adulto, pero tampoco llego a ese extremo. Te hablo como me sale hablarte, porque con todo lo pequeño que eres, te respeto un montón y no podría ponerte voz de pito ni hablarte como si fueras tonto. Hay gente que es buena haciendo eso, pero ni tu padre ni yo lo somos.

Perdona por no saber cantarte canciones infantiles, pero no me gustan. Te ponemos a Jack Johnson en casa y te canto (destrozando) canciones que a mí me gustan y que me encantaría que a ti también te gustaran. No te preocupes, no canto con distorsión, solo cosas tranquilas. Perdona también por hacerte elegir los pijamas, sé que no estás decidiendo en realidad, pero me parece bien que ya desde recién nacido seas tú el que elija la ropa para dormir, aunque la decisión sea más bien consecuencia de un acto reflejo.

Perdona por no haber puesto tu cara de fondo de escritorio de mi ordenador, ni en mi avatar en redes sociales y perdona por no haberte hecho una sesión de fotos de recién nacido. Repito que nosotros no somos así, pero te queremos igual a montones. Si, de mayor, tú quieres hacerte esa sesión de fotos de bebé, seguro que algún fotógrafo nos puede apañar algo con un poco de Photoshop, todas esas cosas tienen remedio.

Probablemente, dentro de unos años me preguntarás por qué llevo un cactus tatuado en la muñeca. Te hablaré de 2016 y te contaré que fue un año lleno de pinchos, pero también el año que marcó el principio de tu existencia, porque a finales de 2016 ya eras un embrioncillo congelado. Pero además, te explicaré que tu padre y yo somos también un poco cactus. No somos de gestos románticos, de aniversarios, de san valentines y de muestras de afecto en público. Nunca seremos de esos padres besucones y ultra dulces, es posible que en algún momento lleguemos a pinchar (¿quién no lo hace?), pero te prometemos que seremos los mejores padres que podamos ser y que te querremos con todas nuestras fuerzas. Eso sí, lo haremos a nuestra manera y no como los demás parece que piensan que debemos hacerlo. También esperamos que tú seas el hijo que te salga de los huevos ser y no el que la gente espera que seas. Quiérete y todo lo demás vendrá rodado.

Con cariño, tu madre (o la máquina dispensadora de comida)

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