El embarazo es una fase de la vida que lo cambia todo, al menos para mí. Una de las mejores cosas de no tener ninguna idea preconcebida y haberlo vivida todo en plan analfabeta del preñamiento fue precisamente lo de dejarme llevar y encontrarme con las sensaciones y con los cambios a medida que iban pasando las semanas. Mi embarazo accidentado me ha traído grandes cambios (ya conté que el reposo había tenido cosas muy buenas), algunos que terminaron el mismo día que parí y otros que se quedarán ya siempre conmigo, como un legado de aquellas 38 semanas.

¡Empezamos el repaso!

Cosas que se fueron con el parto

  • Dormir 9 horas. Cuando llegó la betaespera decidí que iba a bajar el ritmo y vaya si lo hice. La primera víctima fue el despertador, que pasó de estar a las 6.42 a las 8, eso los días que tenía despertador. No pasé sueño durante el embarazo porque probablemente tenía suficiente con esas 9 horitas que dormía cada día. Obviamente, todo eso desapareció el día que dieron el alta a Víctor de neonatos, aunque también habría desaparecido sin bebé: la rutina ‘normal’ ya implica dormir menos horas, levantarse antes.
  • Tener buena cara, buena piel, buen pelo. De lo que más me flipó del embarazo fue el buen aspecto que tenía. Estuve meses sin usar ningún producto para la cara (vale, que ya sé que hay que seguir usándolos, pero no veía sentido a ponerme una crema hidratante cuando mi piel estaba perfecta). ¿Y mis ojeras? En mi familia paterna a todos nos llegan hasta las rodillas… Pues desaparecieron. Estuve muchos meses sin tener la más mínima bolsa en los ojos. Pero no os preocupéis que volvieron a los pocos días de parir. Y lo mismo con el pelo, que normalmente me cae a puñados y el robot que nos barre la casa estaba a puntito de denunciarme por explotación. Pues bien, fue preñarme y tener un pelo fuerte y sano, como si llevara un pelucón. De nuevo, parto y vuelta a la realidad: voy dejando pelos por todas partes.
  • Maquillarme, tacones y esas cosas. Lo de maquillarme viene de tener buena cara: meses sin la necesidad de fingir tener buena cara porque venía de serie, flipante. Y lo de los tacones es más porque con el reposo estuve meses sin ir a la oficina y si no tengo reuniones a las que ir, soy más bien de zapatillas. Ahora que estoy de baja sigo con zapatillas y zapato plano, pero los tacones y la BB Cream empiezan a saludar desde el umbral de la puerta…
  • Medir la vida en controles médicos. Ya ni semanas ni meses, mi vida se contaba por ecografías y visitas al ginecólogo. Después de casi un año entre el tratamiento y el embarazo, me quedó como un vacío existencial cuando vi en mi agenda que no tenía que ir a ningún control de ningún médico a corto plazo. ¿Y qué hago ahora? ¿Aprovecho el seguro privado y me hago una peregrinación por especialistas varios para tener algo que hacer como si fuera una jubilada? A los pocos días me di cuenta de que ya están las visitas al pediatra del bebé para llenar este vacío.

Cosas que vinieron para quedarse

  • Adiós el pudor respecto a mi cuerpo. Eso me lo había dicho ya todo el mundo, que todos los remilgos respecto a nuestro cuerpo desaparecen. A mí me tocaron ecografías vaginales cada dos por tres y mi Dionisio (mi cérvix, os recuerdo) fue el más tactado de la comarca. Con todo eso, que no os extrañe que cuente que tenía tanto calor en la sala de dilatación que pedí permiso a la matrona para quitarme el camisón de quirófano (ese de papel de mantel de bar de menú, ese)  y quedarme en pelotas. Entre contracción y contracción, mi dignidad y mi pudor se terminaron de esfumar. Al parir, llega una nueva fase: mi pecho es como una máquina de vending para mi hijo y un objeto cotidiano para la gente de mi alrededor. Con todo esto, ya ni cierro la puerta de mi cuarto cuando voy a quitarme el sujetador.
  • La ropa de ir por casa. Nunca había tenido ropa de ir por casa porque nunca había pasado tiempo en casa y hasta los domingos de la resaca más severa de mi existencia, me ponía unos vaqueros para estar en el sofá. Luego llegan la barriga y el reposo y te das cuenta de que no hay nada como unos leggins o un pantalón de pijama de Primark dos o tres tallas más, que es infinitamente más barato que un pijama premamá y al final de la jugada es exactamente igual de fe. Me encantaría decir que, con el parto, he desterrado los pijamas y los leggins del primer cajón del armario, pero nada de nada. Me he hecho chandalista, legginista y pijamista y voy por casa con una pinta de homeless que da miedo.
  • La ranitidina. ¿Cómo he podido vivir 38 años sin tomar ranitidina? Yo era muy de Almax, pero la ranitidina me sienta mejor y me fulmina antes el reflujo, que ha sido mi sombra durante casi todo el embarazo. Ahora qua ya no estoy preñada, sigo llevando un par de pastillitas en el neceser por si acaso.
  • El cuerpo raro. Antes de parir, tenía previsto hacerme una foto a mi cuerpo extraño y publicarla en redes en plan: “este es el cuerpo real de una recién parida y no lo que enseñan las famosas”, pero con la semana en neonatos, cuando pude centrarme un poco tenía prácticamente el mismo peso que antes del embarazo y no me pareció demasiado bien publicar eso cuando hay tanta gente a la que le cuesta recuperarse. Al peso he vuelto pero mi cuerpo se ha quedado taradito. Obviamente no me caben los vaqueros de antes del embarazo (usaba una talla 11-12 años de Zara de niños, confieso) y no tengo demasiado claro dónde está la grasa y dónde se ha ido. No sé cómo ajustarme la ropa y ahora estoy en una fase de verme fatal con todo, entre otras cosas porque el tamaño de mi pecho sigue creciendo (y también me pregunto si algún día volverá a ser el que era). Me da que el cuerpo ya se me quedará así de raruno para siempre, no sé si por los efectos del embarazo o si  por la inminencia de los 40.

(En la foto, mi look homeless porteador con el pantalón de un pijama, la camiseta de lactancia de otro y otra camiseta que no tiene nada que ver. Lo dicho, nada de dignidad)

 

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