Me pasé la primera mitad de 1996 pensando que me moriría antes de cumplir los 18, de hacer la Selectividad y de sacarme el carnet de conducir. Aquel mes de febrero me fui con mi padre a Barcelona a buscar residencia para cuando empezara la universidad y, en realidad, no hacía más que pensar que todo aquello no tenía sentido porque el mundo se acabaría antes. En la tele decían algo de profecías de Nostradamus y del 6 del 6 del 96. Luego no pasó nada. Aprobé COU con matrícula de honor, cumplí los 18, subí mi nota media en Selectividad y entré en Periodismo en la UAB. De repente, toda aquella sensación de fin del mundo desapareció y la vida siguió su curso. Eso sí, el carnet de conducir me lo saqué en 1997, con 19 años, porque me había pasado el verano en Inglaterra y no tenía tiempo material de hacerlo antes de empezar las clases en Barcelona.

No había vuelto a tener esa sensación tan extraña de fin del mundo hasta que me quedé embarazada, tal vez porque, desde entonces, no había sentido de forma tan intensa la sensación de cambio drástico y el miedo a lo desconocido. Miento, lo he recordado a medida que escribía este post. El miedo a lo desconocido volvió unos años más tarde, entre las rudas paredes de bloques de esos feos que se usan para construcción de mi residencia de Inglaterra. Terminaba el máster que me había inventado como excusa para darme un año más de prórroga para ver qué hacer con mi vida y la verdad era que no tenía ni puta idea. Iba a cumplir 24 y, mientras algunas de mis amigas de la carrera ya empezaban a tener vida, parejas y trabajos estables, yo seguía saltando de curso en curso, de máster en máster, de experiencia en experiencia. Por delante, solo veía vacío.

Ahora no tengo directamente esa sensación de que después de tal fecha no hay nada, es más bien un no saber qué se esconde detrás de la montaña que tengo por delante. O mejor debería hablar de la cordillera. Cuando pasa tan poco tiempo entre plantearte de verdad lo de ser madre (mi cérvix no me dejó durante un par de años) y estar embarazada, todo es como una montaña rusa porque no has tenido tiempo de mentalizarte de nada. Por un lado vives con el pánico de haberte lanzado a algo que tampoco sabes si era exactamente lo que querías y por otro, vas viendo hitos a kilómetros de distancia que, de repente, un día has pasado sin saber cómo y tampoco puedes mentalizarte de que ya lo has pasado porque ya ves la siguiente montaña en el horizonte. Sigues sin tener ni puta idea de lo que hay al otro lado de la montaña, pero sabes que la tienes que pasar.

En eso consiste básicamente para mí esta aventura del embarazo. El otro día, en el sofá, le explicaba al señor D que a duras penas me había hecho ya a la idea de estar embarazada de verdad (no me lo terminaré de creer hasta la revisión de las 12s que, por obra, arte y calendario de las vacaciones de Semana Santa no tendré hasta la semana 14), ahora me bloquea imaginarme al bebé en casa y no puedo soportar los anuncios de la tele en los que salen niños de un par de años. Eso sí que son montañas que no puedo ni imaginar escalar ni ver a lo lejos.

Así que, a punto de cumplir los 39, vuelvo a los 18. Definitivamente, la adultescencia se nos fue de las manos

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