No voy a negar que una de las cosas que peor llevo de mi infertilidad es esta recién descubierta envidia. Nunca he sentido envidia casi de nada y menos aún cuando alguien me anunciaba un embarazo, aunque también es cierto que llevo años marcando distancias kilométricas con cualquier persona en edad o circunstancias que puedan indicar un embarazo. Así que puede ser que este repentino sentimiento de envidia venga por una mezcla entre mis hormonas de punta y que, con el tratamiento, he abierto la caja de los truenos y los sentimientos que llevo años arrinconando en un cajón perdido de mi memoria.

La cuestión es que estoy en un grupo de Whatsapp de esos de mil millones de personas de un proyecto de curro y hoy una compañera ha anunciado su embarazo con una eco de primer trimestre. Lo primero que he hecho ha sido poner “Enhorabuena” porque me alegro un montón, pero entonces he empezado a sentirme pequeñita pequeñita. Y eso que yo ya soy pequeñita pequeñita. Por supuesto, he pasado por el “jo, claro, es super joven, ha sido casarse y preñarse, normal”. Luego pasas por el “seguro que su embarazo va viento en popa y aquí estoy yo, encerrada en casa y aguantando la respiración cada vez que voy al baño por si vuelvo a manchar”.

Y lo peor, la verdad, no es sentirme pequeñita, es sentirme mala persona. Me siento mala persona cada vez que pienso que debería estar disfrutando algo que no encuentro la manera humana de disfrutar entre tanta preocupación y tanta incertidumbre. Cada vez que me alegro un montón por alguien pero me gustaría tenerlo tan poco difícil como esa persona. Cada vez que me centro en cosas malas y no doy las gracias por tener la suerte de llegar hasta donde he llegado.

También tengo mucha envidia de cómo enfoca mucha gente el embarazo: como algo totalmente natural, con sus puntos de sufrimiento, pero sabiendo que todo saldrá bien. Yo llevé la FIV con toda la naturalidad del mundo, pero esto, a día de hoy, me supera.

 

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