Gran parte de mi historia infértil ha transcurrido con grandes rebotes. Todo empezó después de la boda de mi hermana, en junio de 2014. Me dejé los anticonceptivos un par de meses o tres antes para que entonces fuera llegar y besar el santo. Iba a ser verano, todos tranquilos, aquello del relax… Nada de hacer planes, ni comprar billetes de avión ni cosas raras, no fuera que el otoño me pillara embarazada. Aquel otoño nos fuimos a Sevilla y nos bañamos en una piscina en un tejado. Obviamente, no me quedé embarazada ni en Sevilla ni en ningún sitio.

Un tiempo después me llamó mi anterior gine  y me dijo que aquella lesión en el cuello del útero causada por el VPH que había tenido casi 10 años antes había vuelto. Entonces empezó el rebote. Tuve la intuición de que que lo mío con la maternidad o no iba a ser nunca o iba a ir para largo, así que me planteé la vida de otra manera: huyendo.

Para mí, volar era mi forma de escapar de todo esto. Pasé de no hacer planes, incluso de no comprarme ropa por si me quedaba embarazada a gastarme prácticamente toda la pasta que ganaba en billetes de avión. Cuanto más lejos, mejor. Cuantos más fines de semana, mejor. Cuanto menos pensara, mejor.

Llegó un momento en el que volar ya no fue suficiente. La vida se complicaba tanto que yo necesitaba algo que me mantuviera alejada de cualquier plan y cualquier pensamiento relacionado con mi futura e hipotética maternidad. Algo dentro de mí tenía claro que la maldita lesión iba a dar guerra y me iba a poner las cosas muy difíciles. Aproveché entonces para meterme a muerte en un proyecto de dos años de una especie de ONG de mi ciudad, un proyecto que termina con la primavera y ese fin me permitirá retomar mi vida.

Mi nivel de desconexión fue tal que incluso con el presupuesto de la primera FIV aprobado y todo, me fui 15 días a Asia. Fue mi forma de despedirme de todo esto, de dejar de salir corriendo. En ese viaje compramos una figurita de Daruma y le pintamos un ojo solo. Cada día me recuerda que ahora toca perseverar y dejar de buscarme excusas que me mantengan ocupada para no pensar que tengo un proyecto muchísimo más importante entre manos. Además, con los TRA tampoco hay ni un duro para viajes, pero ese es otro cantar.

Y a eso iba, que se tienen que acabar los rebotes y los planes alternativos para intentar no pensar. Quizá ahora toque un periodo de realidad, de no correr tanto, centrarme en lo que importa y de no buscar llenar los huecos con cosas que, en realidad, tampoco llenan tanto.

¡Feliz semana!

 

 

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