Cada vez que parece que las cosas se van estabilizando un poco, aparecen los manchados para recordarme que, como me dijo el ginecólogo, el embarazo iba a ser “puñetero”. Esta vez diría yo que es de nuevo por mi culpa. La semana pasada tuve un par de días con bastantes cosas de trabajo, pero también varios días de no salir de casa. El problema llegó ayer sábado. Dos horas de coche, una visita a la fábrica de un amigo de mi padre (hora y media de pie), tres horas de restaurante, visita a otro pueblo y media hora de plantón para ver un desfile y en el pueblo siguiente, yo ya dije que me quedaba sentada en una terraza. Los demás se fueron a cenar y yo a dormir al hotel, ya con mal cuerpo. Esta mañana, al levantarme, estaba manchando otra vez. Nada exagerado, ni abundante, pero manchando otra vez después de más de seis semanas de paz.

Parece que cada vez que creo que puedo llevar un ritmo de vida relativamente normal, vuelven los manchados para recordarme que no, que por mucho que la gente me mire como si fuera una exagerada cuando digo que tengo que estar de arresto domiciliario, es lo que toca hacer. Eso, reconozco, me afecta un montón. La gente me llama, quiere quedar, me anima a salir de casa. Pero no debo salir (mucho) de casa. No debo hacer caso a las presiones. La semana que viene había quedado tres días para comer fuera de casa y eso es algo que, a día de hoy, no debo hacer, pero la p**a presión de la gente me puede. Ni siquiera mi familia era ayer consciente de que estaba forzando demasiado la máquina y a mí me sabe mal porque quiero llegar a todo y no quiero que nadie se disguste conmigo.

Lo primero que he hecho hoy ha sido mandar unos cuantos whatsapps y cancelar compromisos para esta semana. Unas gestiones, las tres comidas y mañana aplazaré también un par de visitas a clientes que no creo que pueda hacer. Solo eso, saber que me puedo pasar toda la semana en casa sin moverme del sofá, ha hecho que me quite un peso de encima y que encare la semana con bastante menos estrés.

Después de eso, me he vuelto a pasar el día tumbada, el día acojonada, pensando otra vez que todo es demasiado complicado. Generalmente lo llevo bien, pero los manchados me derrotan. No tengo eco hasta finales de la semana que viene y estoy en ese punto en el que ya casi no tengo síntomas (unas tetas enormes, muchísimos gases y de vez en cuando los tironcitos en el útero que he tenido casi desde el primer momento, pero nada más), casi no tengo tripa y, por supuesto, tampoco noto aún a mi presunto bebé. Vuelven esos días de verlo todo como una peli, como si no fuera mi vida, como si este no fuera mi embarazo. Una amiga me decía el otro día que ella nunca se ha planteado esas cosas.

Ahí es cuando surgen mis terrores de infértil: La sensación de que esta es nuestra única oportunidad, de que será ahora o no será nunca. Mi amiga, la que me decía que nunca se lo había planteado, tuvo un aborto entre sus dos niños, pero supo que luego se volvería a quedar embarazada. A mí me da pánico que, si este embarazo no termina bien, nunca vuelva a tener un embrión sano con mis propios óvulos.

Así que hago un análisis coste-beneficio de toda esta mierda (hago análisis coste-beneficio de casi todo) y me doy cuenta de que llegar a todo, complacer a todos, no me merece la pena. Quizá (ojalá) los manchados no sean graves al final, pero desencadenan lo peor que he vivido con todo este proceso, que son los terrores de infértil. Que se enfaden mis amigos por cancelar comidas si hace falta, pero hay cosas que no tengo necesidad de sentir cada cinco o seis semanas.

Hoy no tengo ganas de reírme, sólo de vomitar neuras.

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